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El arte urbano hunde sus raíces en la revolución artística norteamericana de finales de los 70. Íntimamente vinculado al grafiti, los orígenes de esta disciplina se entremezclan con una parte oscura de la historia social contemporánea, que se conecta a la necesidad de los creadores de reafirmar su identidad, su singularidad y su sentido de pertenencia. No es de extrañar que los primeros tags representasen un grito de guerra contra el sistema preestablecido, las diferencias de clases, las desigualdades entre colectivos… una manera de expresar la disconformidad de los marginados, el canto del oprimido materializado con spray en lugares públicos.

Poco se recuerda a día de hoy de “TAKI183”, el primer tagger neoyorkino que marcó una época extendiendo su firma a lo largo y ancho de la ciudad a finales de los años 60. Y, cómo no, detrás de este nombre se escondía Dimitrios, un inmigrante griego afincado en 183rd Street, la parte más marginal de Manhattan. El impacto de esta iniciativa fue tal que el New York Times le dedicó un artículo de referencia en 1971, dando entidad así a un movimiento que resultaba totalmente imparable. NYT-Taki-183No era de extrañar que el arte urbano tuviese sus orígenes en esta ciudad paradigmática del despertar contemporáneo. Un crisol de culturas con 8 millones de personas unidas por un sentimiento de esperanza que chocaba frontalmente con la realidad del momento. Si América era la nación de los grandes sueños, el país de las oportunidades ofrecía un panorama repleto de contradicciones en las que aún existía segregación racial, una fuerte gentrificación y un recelo congénito al inmigrante con aspiraciones. ¿Cómo iban a responder a esta situación los que no tenían voz?

El salto cualitativo en estas formas de expresión se produce con la propia evolución del tag. La necesidad de dejar huella comenzó a diferenciarse entre los propios artistas y esto motivó una tensa y creativa rivalidad entre los maestros del spray que ya no se conformaban con escribir su nombre en los muros. No. Ahora se trataba de abarcar y atraer, de conquistar, de ser recordados, de marcar la diferencia, de tener verdadera presencia, de trascender. Con este propósito en mente, las obras se transformaron en un alarde de estilo e inspiración que convertía los elementos urbanos en un inmenso lienzo por invadir con un componente reivindicativo claro. Y cuanto más grande, más visible y más arriesgada fuese la intervención, mayor el reto y el reconocimiento.

Este era el caldo de cultivo idóneo para caracteres desubicados como Basquiat, que se nutría de este lenguaje para canalizar su disconformidad esencialista. Actuando en pleno Soho de Nueva York, el barrio de las galerías, Basquiat y su compañero Al Díaz firmaban sus obras como “SAMO”, un “SAMe Old shit” irreverente con el que condensaban una genuina poesía urbana y mural. La esencial inquietud de este artista lo llevó a explorar la plasticidad de sus obras dentro del expresionismo abstracto pero sin abandonar las calles. Se percibe claramente la influencia de De Kooning, Franz Kline y Pollock, del Art Brut, de la cultura popular y sus propias raíces puertorriqueñas y haitianas, en una evolución pictórica que no pasó desapercibida. Finalmente dio el salto a la galería con la exposición “Times Square Show” inaugurada en 1980 en un almacén abandonado en el Bronx, una muestra colectiva que supuso el primer reconocimiento formal dentro del mercado del arte del graffiti y el street art, hasta el momento al margen del mainstream.

Blek-le-rat-15Un paso de gigante en el reconocimiento del arte urbano como una auténtica disciplina se produce cuando los artistas de academia se apropian de los muros. Este es el caso de otro creador que marcó tendencia, Blek le Rat, un pintor parisino que comenzó su andadura tras pasar por la escuela de Bellas Artes y la de Arquitectura y que se adueñó de las paredes de la ciudad desde 1980. Aunque inició su carrera en compañía de otros colegas de escuela finalmente decidió continuar en solitario, momento en que adoptó este nombre, inspirándose en la serie italiana de banda diseñada Blek le Roc. En 1992 fue condenado por vandalismo y deterioro de los bienes ajenos, lo que le llevó a cambiar su técnica y realizar sus intervenciones pintando primero sobre carteles y posters encolados a la pared. Sorprendentemente, esta condena no supuso un parón en su carrera sino un ejercicio de ingenio para poder seguir conquistando las calles. Fue el comienzo del stencil, el precedente de toda una tendencia creativa que permitía a los artistas abordar obras más depuradas en técnica y estilo, con un trabajo previo de estudio oculto a los ojos de todo el mundo, meditado y sopesado que distaba considerablemente del puro impulso vandálico, azaroso y egocéntrico con el que aún se seguía viendo a este colectivo. Como el propio Blek le Rat explica: “Mis plantillas son un regalo, presentando a la gente el mundo del arte, cargado con un mensaje político. ¡Este movimiento es la democratización del arte: si la gente no puede venir a la galería, nosotros llevamos la galería a la gente!”

El impacto de este artista es indudable y su proyección internacional, difícil de cuantificar. Desde muy pronto, supo compaginar su carrera creativa entre el espacio urbano y el sector de las galerías, principalmente en París, pero también en el resto del mundo. Sus obras se encuentran en todas las grandes ciudades occidentales y su influencia es innegable. El propio Banksy, tal vez el primer gran artista urbano cuya fama ha trascendido las arriesgadas fronteras de este reducido ámbito de creación, ha reconocido que “cada vez que pienso que he pintado algo realmente original, descubro que Blek le Rat ya lo había hecho también, solo que 20 años antes”. Banksy es también otro de los grandes. Quizás su popularidad se deba en gran medida al mensaje de sus obras, muy lejos de ser una mera manifestación que aúna estética y desafío a la autoridad, aunque también. Sus stencils en el muro de gaza, la crítica abierta al sistema capitalista, su descortesía política y su censura a la hipocresía social representan un clamor colectivo con el que muchos se identifican y que han calado hondo, en un momento en que se produce un verdadero salto generacional en la aproximación al arte. Poco importa ya que se pinte sobre un muro o sobre tela. Las expresiones adquieren un valor absoluto, intangible, eterno, y esto ha cambiado la forma en que la sociedad y las ciudades abrazan el ya consagrado arte urbano.

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Si bien el arte urbano no ha dejado de ser lo que siempre ha sido: la expresión abierta de un sentir colectivo, para poner en tela de juicio la realidad de nuestro contexto, la falta de honestidad, la doble moralidad convertida en manifestación artística que no teme la exposición pública. Pero al mismo tiempo, el arte callejero ha superado en gran medida el enfoque reduccionista como mecanismo de expresión esencialmente crítico y se ha transformado, en numerosas ocasiones, en herramienta de cohesión social, en un lenguaje compartido que agrupa colectivos y comunidades en torno a un lugar intervenido. Hoy encontramos esta doble vertiente de arte urbano al que han contribuido en gran medida la demanda de las propias ciudades. Las intervenciones en barrios deprimidos, en edificios ruinosos, en áreas devastadas son una apuesta por el poder vehicular del arte y su potencial de cambio. Esta progresión y acogida del arte de calle permite hoy encontrar obras en entornos inverosímiles, allí donde nunca creeríamos hallarlas. Es un fenómeno imparable. La colectividad no se conforma con un muro de cemento desabrido e inerte, quiere identificarse con lo que allí se muestre, ser partícipe de esas manifestaciones que en un momento de la historia surgieron como el cauce marginal y subversivo de expresión.

Un repaso breve al nacimiento y evolución del street art pone de manifiesto que la naturaleza del soporte no es un límite en la conciencia del observador para apreciar la obra. Y al igual que esta disciplina encontró su origen en las calles, hoy se mueve bidireccionalmente, entre las galerías y los muros de la ciudad. Atrás quedan la censura, la persecución o la prohibición. De hecho, este tipo de expresiones envuelve un halo de misterio y admiración hacia los artistas que reúnen el coraje de enfrentarse a situaciones adversas para completar sus proyectos. Por fortuna, el arte urbano se ha asentado por completo en el mercado y muchos trabajos se realizan hoy por encargo al tiempo que numerosos artistas compaginan sus obras murales con otras en formatos más comerciales, con una demanda creciente.

Autor: Marta González Suárez

Abogada especializada en derecho cultural. Con amplia experiencia en el sector del arte contemporáneo y en la gestión de proyectos, mi trabajo se centra ahora en el tratamiento de las cuestiones jurídicas que rodean este campo de actividad.

© Marta González Suárez
ISSN 2530-397X
ArtWorldLaw Bulletin. Crónicas de Temis y Atenea. nº 7 MADRID. Agosto 2018.

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